domingo, 10 de abril de 2011

¿Existió el Rey de Coliman?


Abelardo Ahumada

Por la única y más antigua entrada que la ciudad de Colima tenía a partir de la Carretera Nacional existe, desde 1955, un monumento dedicado al “Rey de Colimán” (sic). Fue diseñado y esculpido por el gran escultor Juan F. Olaguíbel por “por encargo del C. Gobernador Constitucional del Estado, Gral. J. Jesús González Lugo” – según reza una placa -, e inaugurado el 16 de septiembre de ese mismo año. Un monumento realmente bien hecho que contribuyó a hermosear un poco más, la ya de por sí muy bella entrada de la ciudad.
Dicho monumento, sin embargo, desde un principio planteó la interrogante de si realmente  existió el personaje que representa, y eso no sólo por la carencia casi total de documentos que hablen sobre su vida, sino por el hecho mismo de que en uno de los “brazos” del muro convexo que le sirve como pedestal, hay una inscripción, esculpida sobre una especie de pergamino figurado en “piedra chiluca”, que a la letra dice: “Más fuerte que tu historia, tu leyenda es a la vez destino y privilegio”. Y, otra, en el otro “brazo”, que en vez de complementarla con un argumento de demostración histórica, le añade, más bien, algo que parece un propósito de educación cívica a la antigüita, y que reza: “Colima exalta aquí tu estirpe como una definición de patriotismo”. Expresiones ambas (sobre todo la de “tu leyenda”) que llevaron a unos historiadores y observadores críticos, locales y foráneos, a comentar incluso que aquel monumento había sido inventado a partir de una falacia; sólo para que los colimenses tuvieran un antecedente pseudo-histórico del cual enorgullecerse. Pero ¿realmente fue así?  
En aquellos años dominaba el ambiente cultural colimote un reducido grupo de profesores, escritores y periodistas que destacaba no sólo por sus conocimientos, o por su capacidad probada para la redacción y la oratoria, sino, también, por una especie de versatilidad un tanto ambiciosa (lógica, por lo demás, en sus circunstancias) para ocupar cuanto cargo político, educativo o administrativo les fuere asignado, ganándose el muy agudo mote, de “Los Penicilinos”. Por analogía con aquel famoso antibiótico, recién descubierto, que era utilizado para curarlo todo. De la misma manera que Los Penicilinos servían, pues, o pretendían servir para casi todo.
El jefe, o líder moral –dirían ahora- de todos ellos, era el Profr. Ricardo Guzmán Nava, que comenzó el sexenio de González Lugo siendo Rector de la Universidad Popular, y que lo terminó siendo presidente municipal de Colima (del 1° de enero al 31 de diciembre de 1955), luego de haber sido también presidente de la XXXVI Legislatura. Un hombre culto, además, que influía bastante en el gobernador, y al que, por su modo de operar y como era el presidente municipal ese año, se le atribuyen las dos frases consignadas en los pergaminos de piedra que mencioné al principio.
Otro de los miembros rutilantes de aquel conspicuo grupo fue el periodista Carlos Pizano y Saucedo, quien más tarde emigraría a Guadalajara, en donde sería funcionario de altos vuelos de los gobiernos municipal y estatal, y que escribió, precisamente en 1955, “El Rey de Coliman, estudio histórico”, la obra mejor documentada que hasta la fecha se haya podido publicar en torno a este controvertido personaje.
Haciéndole notar aquí a nuestros lectores que Pizano no lo denominó “de Colimán”, con acento agudo, al estilo español, sino “de Coliman”, con acento grave, prosódico, como se supone lo habrían pronunciado los colimecas y todos quienes hablaron náhuatl.
El maestro Ricardo era, pues, un entusiasta admirador del Rey de Coliman, pero sabía, al igual que varios otros historiadores, que ni siquiera después de publicada la obra de su amigo Pizano se podría dar por válida la historicidad de un “rey” indígena en nuestra región, por lo que prudentemente había logrado motivar al gobernador González Lugo para que al escultor Olaguível no se le pasara incorporar las dos inscripciones que comentamos. Siendo su segunda intención de carácter educativo, para darle a los niños de Colima, en particular, y a los ciudadanos en general, una figura señera con la que se pudieran entusiasmar.
Las críticas, sin embargo, aunque soterradas, se dejaron sentir, y no faltó quien, incluso, hasta se mofara de los promotores del monumento al asegurar que la efigie del “Rey de Colimán” había sido inspirada en el porte y el rostro de un empedrador indígena de los que estaban participando en el empedrado de la avenida del mismo nombre, que acababa de ser abierta.
Argumento muy válido, pero a medias, que no servía, sin embargo, para anular la intención de hacer construir dicho monumento, más porque nunca se tuvo (ni se podría tener) ningún retrato del “rey”, y porque lo máximo que se tenía en cuanto a la posible indumentaria que pudo haber portado, era una figurilla de barro de la colección de doña María Ahumada Peregrina, muy amiga por cierto, de don Ricardo Guzmán y sus compañeros.
Ahora, bien, cuando Carlos Pizano abordó el tema, se refirió a un documento que fue redactado por fray Antonio Tello, a mediados del siglo XVII, en el que se lee lo siguiente: “La conquista de Colima, como queda dicho, fue por los años de 1522. Conquistóla, por orden del Marqués del Valle (Hernán Cortés), el capitán Juan Álvarez Chico; en la conquista tuvo muchas refriegas con los indios, con el famoso rey colimote y con el cacique Soma, rey de Xicotlán”. (Pizano, p. 51, tomándolo de Tello, libro IV, p. 92. Las negritas son mías).
Documento que han querido demeritar los detractores del Rey de Coliman, porque según ellos, fray Antonio Tello, cronista de los franciscanos, era, sin embargo, “muy dado a inventar cosas”. Pero sin tomar en cuenta que como dicho fraile estuvo encargado del Convento de San Francisco de Colima entre 1634 y 1636, pudo muy bien haber llegado hasta él una tradición oral que, apenas un siglo después de muerto el cacique colimeca, corría de voz en voz entre sus paisanos y que, por lo mismo, pese a no ser tal vez exactísima, tenía un alto valor histórico.  Pues no por menos pudo referirse Tello a él como “el famoso rey colimote”.
Por otra parte, los promotores del monumento sabían muy bien que en la Tercera Carta de Relación que Hernán Cortés envió al Rey de España el 15 de mayo de 1522, aquél le comentó al monarca que “el cazonci de Mechuacán”  le había dicho que en ese momento no podían pasar desde su tierra al mar, porque toda esa parte de la costa estaba dominada por un “Señor”, enemigo suyo, que les cerraba el paso. “Señor” del que se ha creído era, precisamente, ése al que la gente desde antes que Tello denominaba Rey de Colima por pura y simple analogía.
Y existe otra fuente más (La Relación de Michoacán), escrita entre 1539 y 1541, por fray Jerónimo de Alcalá, franciscano del convento de Tzintzúntzan,  en la que se menciona la existencia no tanto de un rey, o de un solo señor, sino de varios “Señores de Colima”. Expresiones todas de las que algunos historiadores se valieron para decir que el territorio gobernado por esos señores no era, en consecuencia, un reino, en el sentido europeo, sino un “señorío”, o hasta un “hueytlatoanazgo”, para tratar de ser fieles a la etimología náhuatl. Siendo tan válidas o tan inválidas las dos, como válida o inválida pudiera ser la de un reino.
El hecho sin embargo, que nadie puede cuestionar, es el de que, como sucede con todos los pueblos del mundo, nuestros antiguos colimecas tuvieron uno o varios jefes a la hora en que llegaron aquí los conquistadores, y que antes de ellos hubo otros, muchos otros, háyanse o no llamado reyes, ni cosa parecida.
Consecuentemente, a modo de conclusión, afirmo que es muy válido decir, por analogía, insisto, que aquí en Colima no hubo nada más un rey, jefe, tlatoani o señor, sino varios en épocas pretéritas, y que si hubo uno que organizó a su gente para enfrentar a los conquistadores hispanos, derrotándolos en una ocasión, casi sólo por eso merece ser recordado como un héroe. Y que nada mejor pudo hacer el escultor Olaguíbel para representarlo, que tomar como modelo a un indígena colimote, portador de su misma sangre. Un monumento, pues, y “un rey” del que podernos sentirnos legítimamente orgullosos.

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