viernes, 13 de mayo de 2011

TALPA, SEGUNDA DE TRES PARTES


Talpa, Abril de 2011
Segunda de tres partes
Abelardo Ahumada

01.- La segunda jornada fue hermosa, siguiendo el curso del Río Ayuquila.


Nuestra segunda jornada inició el sábado 16 de abril, a las 2:50 de la madrugada, desde la orilla del río Tuxcacuesco y del pueblo del mismo nombre. Un puente recién construido nos evitó el tener que hacer un largo rodeo y comenzamos a caminar por una brecha de tierra blanda, acompañados (e iluminados) por la bella Luna.
Manuel Figueroa, Simbad Mendoza y José R. Cosío se comenzaron a despegar pronto del resto, obligándonos a Abel Mendoza y a quien esto escribe, que no conocíamos el terreno, a esforzarnos para no ir demasiado lejos de ellos.
En tanto que Adrián Figueroa, Oralia Equihua y Cuca Figueroa, con experiencia acumulada, tomaron cada cual su paso y siguieron andando sin preocupaciones. Mientras que Chuy Villanueva y Betty Ruiz, “la joven pareja de enamorados” (como dicen en las columnas de Sociales) seguía su ritmo también.
El primer descanso lo realizamos a las 4:55 junto a una ermita y frente a un rancho que los compañeros nombran “Las Jilguerillas”. En ese lapso comprendí que la idea de forzar al cuerpo a ir más rápido nos fue generando un par de ventajas: por un lado mejoró nuestra condición, por otro, nos daba más margen para descansar en comparación con los que venían rezagados; pues en cuanto éstos apenas iban llegando ya casi era el tiempo de seguir adelante.
Los guías nos condujeron por unos atravesaderos en medio de potreros llenos a veces de ganado, o cubiertos, en otras, de rastrojo y zacate, pero según ellos cortamos camino. Llegando a las 7:05 a San Buenaventura, Jal., en el municipio de El Limón, donde debería estar la camioneta esperándonos con un café caliente, pero ¡no estaba! Ni en la orilla, ni en el centro del pueblo.
Una banqueta polvosa de una calle empedrada recibió nuestros glúteos y lomos para descansar pero ¡¿En dónde estaba el café?! Cuatro horas y cuarto de desgaste nos urgían echarle algo al estómago, pero como el chofer tomó una brecha distinta se perdió y no hizo su aparición hasta las 7:50 cuando, para nuestra fortuna, unas señoras de la peregrinación de Coquimatlán, Col., se compadecieron de nosotros y nos regalaron una taza de noescafé con una pieza de pan. La que, aun cuando ya tenía tres días de haber salido del horno, nos pareció un suculento manjar.

02.- He aquí el bellísimo vado de San Juan de Amula.

En cuanto reapareció el vehículo reiniciamos la marcha. Esta vez durante casi dos horas junto a la ribera del río Ayuquila, por un sendero hermosísimo cubierto de grandes sabinos y otros bonitos árboles, hasta llegar a las 9:50 al vado de San Juan de Amula; donde nos esperaba el equipo al pie de unos muros ruinosos de la desaparecida hacienda, y a unos pocos metros de un paraje espectacular en el que río, de aguas frías y cristalinas, pasa bajo la sombra de gigantescas higueras.
Gozamos el almuerzo allí. Y lo único que nos disminuyó algo el gozo fue un montón de basura que desafortunadamente habían ido acumulando otros caminantes.
Como la limitación de espacio exige que sea menos explícito abreviaré lo que pueda: salimos del vado a las 11:00 a.m., caminamos otra hora más por la preciosa ribera, hasta que llegamos a San Miguel, un pueblo bastante aislado donde nos separamos del río para encaminarnos por unas lomas pelonas hasta otra sierra seca, bajo el rayazo del Sol que nos golpeaba la nuca.
Difícil fue la trepada siguiente por el calorón y la resequedad. A las 2 de la tarde vimos los techos de teja de un pobladito casi fantasmal llamado Amacuauhtitlanejo, y diez minutos después entramos por su única y solitaria calle, buscando la camioneta pero andavete de ella. “¡Resignación, amigos, ya llegará!”
Nos dispusimos a descansar en el pueblo escueto bajo las sombras que proyectaban el kiosco y unos ficus jóvenes. Cuatro o cinco de mis compañeros se subieron al kiosco a dormir. Otro se fue a buscar cigarros que no encontró en ninguna parte, y yo me tendí en una banca de cemento caliente incluso bajo la sombra de un ficus. Pero como mi cuerpo estaba aún más caliente que el cemento me dormí de inmediato hasta que unos 20 minutos después me despertó el ruido del motor de un vehículo que llegaba, y detrás de él unas muchachonas hermosas que venían más campantes que todos nosotros, y que resultaron ser trabajadoras de la Clínica # 1 del IMSS de la ciudad de Colima: “El mejor ganado que he visto en todos estos potreros”, escuché que decía alguien a mis espaldas y se me quitó la modorra con sus expresiones y el andar airoso de las ¿enfermeras?.
Comimos allí un sabroso tatemado de puerco que nos preparó tres días antes la esposa del profe Simbad. A las 17 hs. comenzamos a trepar otra vez por una simple vereda en un cerro cubierto de árboles pero sin una hoja en sus ramas. A las 18 llegamos arriba y comenzamos a descender un buen tramo, lastimándonos el alma  el hecho de ver que los propietarios del cerro acababan de tumbar, de la forma más estúpida que pueda usted imaginarse, treinta o cuarenta hectáreas de selva, dejando los troncos en el suelo, o encaramados unos sobre otros y sin ninguna seña o posibilidad de que posteriormente pudieran ser utilizados.

03.- Pernoctamos por segunda ocasión en Ejutla, un pueblo antiguo y bello enclavado en lo alto de una sierra.

Continuamos el descenso hasta topar con una carretera pavimentada que seguimos un tramo corto hasta encontrar otra cuesta más, empedrada ella, de aproximadamente unos 5 kilómetros, por la que ascendimos con las últimas fuerzas que nos restaban. Llegando a las 19:05, tras 11 horas de marcha efectiva y unos 55 kms. recorridos, a las primeras casas de Ejutla, un antiguo y pintoresco pueblo serrano, donde pernoctaríamos en uno de sus muy grandes y muy bonitos portales.  
En dos casas hay baños con regaderas de renta. Hicimos cola los que quisimos bañarnos mientras más gente seguía llegando al pueblo y tendiendo sus cobijas o sus sleeping bags en los pisos de los portales.
El baño nos reconstituyó pero también nos quitó el sueño y nos dormimos como hasta las 11 p. m., no sin antes ver cómo Omar González, quien se nos había unido en San Buenaventura, comenzaba a curar a los que ya llevaban las ampollas más “vivas”, incrustándoles unos hilitos para que siguieran drenando y no se volvieran a llenar de agua.
A las 2 de la mañana, luego de haber estado escuchando hasta la 1 a un grupo de hombres alegres que se pasaron la noche cantando y tocando con una guitarra, los guías nos urgieron a levantarnos y, peor que la víspera, sin saber realmente cómo lo hicimos, guardamos nuestros cachivaches en la camioneta y a las 2 con 50 otra vez, salimos del pueblo a enfrentar, durante las dos horas y media siguientes, la más pesada de las cuestas que nos tocó subir, por una vereda angostísima que tiene el inclinado paredón del cerro por un lado, y un profundo abismo por otro.
En ese difícil tramo nunca nos fue suficiente la luz selenita y tuvimos que utilizar todas nuestras linternas. El esfuerzo nos hizo sudar, pero cuando llegamos a la cima del cerro soplaba un vientecillo frío que, dadas las circunstancias, nos parecía “un cierzo invernal”. Frío que combatimos un poco con el café caliente que ¡ahora sí el equipo de apoyo nos obsequió en el sitio!

04.- Una parte del grupo descansando a las 5 a.m. en el espinazo de la Sierra de Ejutla.

Media hora descansamos en algún punto muy alto del espinazo de la Sierra de Ejutla y a las 5:30, aprovechando la fresca, volvimos a caminar. Supongo de debimos de haber ido cruzando un chaparral azotado por los vientos, viendo a lo lejos y desde arriba de aquel “espinazo”, desparramadas por los cuatro rumbos, las luces de múltiples pueblos.
Creo que ése fue el tramo que más velocidad pudimos imprimir a nuestras piernas de todos los cinco días que duró el viaje, pues cuando ya comenzaba a brillar el sol era muy fuerte el dolor que sentía en los delgados músculos que cubren los huesos de las espinillas, y sentía, sobre todo en las bajadas, como si una lija fuera frotando mis pies, pero no me alcancé a ampollar, como sí dijeron haberse ampollado otros que la víspera no habían dicho nada.
Llegamos a otro pobladito perdido en la soledad que responde al nombre de San Gaspar como a las 7:40. Descansamos 50 minutos y seguimos hasta Ixtlahuacancito durante 65 minutos más y, para nuestra sorpresa, mientras apenas nos estábamos comenzando a quitar el calzado para frotarnos los adoloridos pies, volvieron a aparecer, tan campantes como en la víspera, las muchachas de la clínica que todavía estaban dormidas cuando nosotros, con gran respeto a los peregrinos durmientes, íbamos saliendo, callados, de Ejutla. ¿Cómo le hicieron? ¿Por dónde llegaron? ¿Quién las entrenó que iban así de fuertes?
Almorzamos unas quesadillas acompañadas con frijoles fritos de lata. Salimos a las 10:45, pero ya con muchos paisanos punteando todo el camino hacia el crucero de San José, donde se separa la carretera que propiamente va a Talpa, de la carretera que va desde Guadalajara a Barra de Navidad y viceversa.
La serranía más alta hizo que durante ese medio día nos pareciera menos fuerte el calor, y llegamos al mencionado crucero a las 14:20. Donde nos bebimos algunas helodias para recompensar los líquidos perdidos por la sudoración.

05.- Después de bajar y subir un montón de cerros, nos encaminados a las tierras planas de San José, San Clemente y San Pedro.

Media hora de rapidísimo andar nos puso después en el poblado de San Clemente, junto a la iglesia modernizada y el antiguo y semiabandonado casco de lo que fue una hermosa y grande hacienda ganadera. Ahí comimos carnita asada y nos echamos unos jaiboles de agua de coco con tequilita, jugo de limón y hojas de hierbabuena, antes de matizar una breve siesta sobre una banqueta sombreada por jacarandas.

06.- En el crucero de San José nos bebimos algunas helodias para recompensar los líquidos perdidos por la sudoración.

Nos faltaban 12 kilómetros de carretera para llegar a San Pedro, donde habríamos de dormir la cuarta noche. Caminamos por zona plana de las 17 a las 19 horas, lamentando que ni las autoridades municipales, ni las autoridades estatales, ni la Iglesia misma, beneficiaria directa del trajín de tantísimos peregrinos hayan acondicionado un senderillo paralelo a la cinta asfáltica, para que los caminantes no corran peligro de atropellamiento, como nos lo evidenciaron algunas filas de cruces, producidas por “chuzas” que algunos vehículos hicieron en otros tiempos en contra de hileras de peregrinos. Pero ni ese peligro no nos detuvo y pusimos nuestras tiendas en la única placita de San Pedro, donde sacamos nuestros mejores linimentos para frotr nuestras piernas molidas tras recorrer otras 10 horas y media, y cincuenta y tantos kilómetros más.
Para colmo de nuestras desventuras, en cuanto oscureció encendieron las lámparas del jardín y unas señoras sacaron pozole a vender. La plaza se llenó de niños y jóvenes que iban a gozar su noche del Domingo de Ramos allí, impidiéndonos, como en Tuxcacuesco, que pudiésemos conciliar el sueño.
Continuará.






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