domingo, 10 de abril de 2011

Armería, más allá de los arcos.


Domingo 10 de abril de 2011.


ABELARDO AHUMADA

ARMERÍA es una ciudad a la que, según la perspectiva desde la que se le observe, le tocó la mala o la buena suerte de no ser, como dicen ahora quienes se dedican a organizar viajes turísticos, una “ciudad destino” (como se afirma que es, por ejemplo, Manzanillo), y de sólo ser, en cambio, una ciudad por la que la mayoría de los turistas o viajeros pasa, pero no se queda. Siendo tal vez por eso que es muy poco lo que la mayoría también conoce de ella. A diferencia de Cuyutlán y El Paraíso, que no obstante ser dependientes de dicha cabecera, se conocen más en la medida de que son balnearios a donde la gente sí va a quedarse.
Y un dato que contribuye a ser, como ya se dijo, una ciudad por la que se pasa, es, con toda probabilidad, el hecho mismo de que las únicas imágenes con las que el viajero se queda de su paso por Armería, sean las que ven en la carretera que allí se convierte en calle, y que no es, lamentablemente, ni la mejor, ni la más bien hecha de sus avenidas.
Menciono todo lo anterior porque el sábado, hace 8 días, los integrantes de la Asociación de Cronistas de Pueblos y Ciudades de Colima tuvimos la gratísima oportunidad de sesionar en Armería, y de realizar una visita guiada por su Centro Histórico, bajo la conducción (y con las explicaciones) de Miguel Chávez Michel, su cronista municipal. Que no sólo conoce al dedillo la historia de su desarrollo, sino a la mayoría de los residentes por sus nombres y domicilios, en la medida también de que fue su presidente municipal de 1989 a 1991.
Con ese flamante guía, pues, pudimos saber, conocer y disfrutar un poco más algunos bonitos detalles y aspectos de esa ciudad, que de manera resumida me gustaría hoy poder compartir con nuestros lectores, para que cuando puedan y quieran se den un día de éstos la oportunidad de ir a recorrer, y no sólo pasar, por Armería.
Después de recibirnos en su casa con unos cocos “de cuchara” recién jimados, Miguel nos condujo en caravana desde su hogar hasta el templo dedicado, como tantos otros en nuestro país, a la venerada Virgen de Guadalupe, explicándonos que uno de sus principales promotores fue el padre Juan Hernández León, fallecido en 1977, y que mucho contribuyó también para que Armería fuese separado del municipio de Manzanillo, y convertido en cabecera municipal. Acontecimiento que se verificó el 19 de mayo de 1967, durante una sesión solemne que la XLI Legislatura del Estado llevó a cabo en el local de la escuela primaria Adolfo López Mateos, única que había entonces en el pueblo.
En la iglesia, amplia, ventilada, con altos muros de celosías, no había nadie rezando a las 12:30 p.m. del sábado, pero se respiraba un ambiente muy silencioso y acogedor, refrescado por una leve brisa que, supongo, llegaba procedente del no muy lejano mar.
Nos paseó también Miguel por el amplio y soleado jardín principal, en donde hay un bonito kiosco de hierro forjado, limpio, con se base octagonal pintada con una combinación bicolor, verde y crema, y con sus barandales de herrería de blanco.
Un sitio en el que, por el solazo del medio día, nos resultaron muy refrescantes los prados y necesaria la sombra de un mango en plena producción que nos sirvió de atalaya y cobijo, desde donde pudimos seguir escuchando las explicaciones de Miguel, que nos mostró, por el lado sur de la plaza, calle de por medio, un edificio modernizado que en otros lejanos ayeres fue la primera oficina del ayuntamiento, y más tarde el Cine Armería, y hoy es el salón de usos múltiples Gustavo Vázquez Montes. Un cine que al igual que los de muchos de otras ciudades, desapareció cuando las televisiones, primero, y las videocasteras después, invadieron todas las casas.
Cruzando la amplia avenida Revolución, hacia el poniente, está el edificio de la Presidencia Municipal, con un portal de dos pisos que le da un bonito aspecto, y que en el cubo de la escalera tiene un mural que pintó Noé Guerra Pimentel, otro de los cronistas armeritenses, cuando acababa casi de salir del Centro de Educación Artística Juan Rulfo (Cedart), donde estudió en Colima.
Allí nos recibió en su despacho el ya dos veces alcalde Ernesto Márquez Guerrero, quien se desprendió del sillón de su escritorio, y se vino a sentar con nosotros al recibidor. 
No deseando que perdiera su tiempo, nos presentamos, le expusimos lo parte sustancial de nuestro plan de trabajo, y él, tras de felicitar a Miguel por su entusiasmo para reseñar la historia del municipio, ofreció contribuir con la décima parte de lo que se requiera para solventar la publicación de una revista trimestral que pretendemos sacar a la luz en breve.
Mientras estábamos en la oficina del alcalde, me llamó poderosamente la atención una marina interesantísima (pintada por A. Zapién, de Manzanillo, en 1998), donde aparece la famosa Ola Verde de Cuyutlán, y sobre la que, colocado magistralmente al trasluz, está el rostro del también famoso nadador colimense, Alberto El Güero Isaac, haciendo alusión al dato de que cuando falleció ese mismo año, estableció, entre sus últimas decisiones, la idea de ser cremado y de que sus cenizas fueran vertidas precisamente en una de esas olas
Cuando salimos de la alcaldía, Lito, como le dicen allá, de cariño, a Miguel Chávez Michel, nos condujo a una cancha techada que, ubicada en la misma manzana que la presidencia, ahorita alberga, “en plan de mientras”, el mercado municipal, debido a que en la constraesquina se está reconstruyendo, ampliando y modernizando el antiguo; al mismo tiempo que, pegadita a él, se está construyendo también la primera central suburbana para los autobuses que viajan desde la cabecera municipal a los demás pueblos del municipio. Obras, las dos, que contribuirán a darle un mucho mejor aspecto al centro de la ciudad.
Miguel nos dio allí otras explicaciones, pero no quiero abrumar con tantos datos a nuestros lectores, sino convencerlos de que vayan un día a dar la vuelta a esa ciudad, para que vean, en vivo y a todo color, todo esto que les platico. Pero que no lo hagan, como nosotros, al medio día, para que no se acaloren, sino, tal vez, muy temprano, cuando comienza el bullicio, o ya en la tardecita, cuando la gente ya dejó de trabajar o durmió su siesta y, bañada y acicalada saca sus cómodas sillas de plástico (que lamentablemente están substituyendo a los frescos equipales) a las banquetas, y se ponen a platicar con casi todo el que pasa.
A nosotros, en ese rato abochornado, nos tocó pasar por los portales vacíos, pero viendo la limpieza que impera en las calles y gozando del hecho de que todavía hay muchos zaguanes y puertas abiertas en Armería. Lo que nos da una señal de la tranquilidad con que aún viven los armeritenses.
Y sobre esa misma avenida principal, que corre de norte a sur (y viceversa), nos tocó ver también un par de arcos de los que por lo regular se instalan en las entradas de las ciudades y pueblos, para darle la bienvenida a los visitantes. Lo que no deja de ser curioso al menos para mí, por el hecho de que estos arcos fueron construidos paralelamente a la calle-carretera y prácticamente en el centro de la ciudad, como si quienes los construyeron hubieran, íntima y tal vez hasta inconscientemente reconocido, que esa parte feyuca no era la más digna de ver, y que, por lo tanto, los arcos tendrían que ponerse allí donde están, para invitar a quienes así lo quisiera, a entrar en la que sí es la parte más bonita de la ciudad; la que vale realmente visitar y de la que ellos (los armeritenses) se pueden sentir, y se sienten, verdaderamente orgullosos.
Más tarde nos fuimos todos al Paraíso a comer y a beber: una mariscada, unas cheves, vinillo, ya ustedes se lo podrán imaginar. ¡Salud! 

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