domingo, 24 de abril de 2011

Valorar la ciudad que tenemos


24 de Abril de 2011.

Abelardo Ahumada

Existe un dicho, bastante común, pero no por eso menos sabio, que se resume en lo siguiente: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”. Un dicho que igualmente se puede aplicar a la escasa valoración que a veces le damos a lo que nos rodea, tal vez por considerar que “siempre ha estado allí”, o es lo mismo en todas partes. Lo cual no es cierto.
Comento todo lo anterior porque el domingo pasado, platicando con algunos turistas frente a la Catedral, se mostraban admiradísimos de las bellezas urbanas que tenemos aquí en Colima, y que –según opinaron- es muy difícil poder observar en otras ciudades de nuestro país, incluidas las más grandes de ellas y las demás capitales de los estados: un ejemplo concreto el de nuestros parques y jardines, y el de los camellones cubiertos de árboles y flores.
Parques y jardines hay en todas partes, pero difícilmente, en verdad, se les ve tan verdes y bien cuidados como el Parque Hidalgo, el jardín Núñez, el Libertad, el de San José o el de La Corregidora, por sólo mencionar unos cuantos. Otros ejemplos de nuestras bondades o “fortalezas”, como les dicen ahora, que son visibles incluso en el centro, pese a las obras de destrucción-reconstrucción que se están llevando a cabo, es del de la limpieza de nuestras calles y aceras; el de la casi totalidad de las fachadas pintadas; el de la ausencia de feos grafitis; el de la frescura del río y el verdor de sus márgenes. Más uno que los turistas con los que platiqué calificaron como invaluable: la tranquilidad. “Esa tranquilidad con la que puede uno salir, casi a cualquier hora, a caminar por las calles. Esa tranquilidad que se observa en la gente que deambula por la avenida Madero, en la que pasea por los parques y jardines, en las parejas de enamorados que se sientan para abrazarse y besarse en sus bonitas bancas de hierro vaciado, y hasta en los vendedores de globos y palomitas, o en los boleros que desde muy temprano vimos que salen eufóricos a trabajar debajo de algún laurel, o de algún mango, conversando con todos los clientes o pasándose los nuevos chismes y arguendes con sus conocidos y compañeros”.
Y sucede, en efecto, que la costumbre (o la cotidianidad) nos nubla la vista y nos impide ver las bellezas que nos rodean, hasta que alguien de fuera viene y nos dice: “¡Ay, amigo, qué bonita es tu ciudad! ¡Cuídenla! Porque allá donde nosotros vivimos no se ve nada de esto que ustedes tienen. Mira esos naranjos llenos de frutos. Mira esos mangos que ahorita están madurando. Mira ese montón de flores tan diversas, tan bonitas y tan llenas de diferentes colores. Y luego ve eso. ¿Cuándo habíamos visto que los jóvenes tuvieran acceso a la internet en los parques y jardines?”
Yo seguí con ellos, platicando en la banca, sin comentarles a qué me dedico, pero muy atento a sus elogiosas palabras. En eso comenzaron a llegar los músicos de la banda hasta el kiosco del jardín Libertad y a colocar arriba sus instrumentos. Al rato las primeras melodías llenaron el aire, y las primeras parejas se dispusieron a bailar, y mis circunstanciales amigos, más asombrados aún, se despidieron de mí para irse a participar en esa “otra maravilla” que nunca ven en la ciudad de donde proceden.
“¿Maravilla el simple hecho de que una orquesta suba a un kiosco e inicie una audición y propicie un baile?”, me quedé pensando. Y llegué una vez más a la conclusión de que sólo pueden maravillarse de algo simple y sencillo aquellos que todavía tienen una gran capacidad de asombro, o todos aquellos también que carecen de lo que se habla. Con lo que quiero decir que así como le puede maravillar a un alguien, nativo del desierto o del semidesierto, el hecho de ver a un naranjo agrio en floración, a un mango fructificando, a las altísimas palmas adornando los camellones o a la leve corriente de nuestro pequeño río fluyendo en medio de tanto verdor; así les puede maravillar a otros, donde las autoridades no se preocupan por la cultura, el hecho de ver que en nuestra plaza de armas acudan bandas, orquestas y conjuntos musicales a amenizar las tardes de los paisanos; o el hecho de ver también, a un grupo de jóvenes entusiastas repartiendo, como lo hicieron, miles de libros para fomentar la lectura.
Motivado por lo anterior, en el atardecer del martes pasado volví a ir al centro de la ciudad y recorrí la calle Filomeno Medina, viendo con gusto cómo algunas decenas de evidentes fuereños recorrían sus aceras plácidamente, comiendo churros o elotes, visitando las huaracherías o yéndose a sentar en las nuevas bancas (a las que para mi gusto les faltan respaldos) de la también muy nueva plazoletita de la Sangre de Cristo.
Me senté otra vez en una de ellas, en donde había una pareja cincuentona con shorts, camisa y blusa floreadas y sandalias de marca, con sus pieles enrojecidas como de camarones fritos. La señora, más blanca que su pareja, traía cubierta de crema o de bronceador sus hombros, los brazos, el rostro y parte del pecho. Pero no por eso se veía menos feliz.
Disimulé la lectura de un libro colimote, dando tiempo a que me observaran, y a la primera oportunidad me dirigí a ellos:
“Supongo que no son de Colima, ¿verdad?” Un leve asentimiento de sus cabezas me confirmó la suposición y fui directo: “¿Ya conocían aquí? ¿Han venido varias veces?”
El señor terminó de morder su churro y me contestó: “Es nuestra primera visita. Pero vinimos porque unos amigos, más bien compadres de León, nos ponderaron mucho a Colima. Aunque nosotros somos de Lagos (Lagos de Moreno, Jal.).
-          Y ¿qué tal? ¿Se cumplieron sus expectativas?
-          ¡Muchísimo! ¡Qué bárbaros! ¡Qué bonita ciudad! Guadalajara, nuestra capital, también es hermosa, tiene muchas cosas extremadamente bonitas, pero como que ya se perdió la tranquilidad allá. Hay mucho ruido, hay muchos vehículos circulando. En cambio aquí, sin dejar de ser ciudad, se respira como un aire más de pueblo, más parecido al de Lagos, aunque todo es muy verde, muy lleno de árboles, y hay flores en yodas partes. Cosa que nosotros, en nuestra ciudad, por más que nuestras autoridades y nuestros jardineros se esfuercen, jamás vamos a tener… Lo único que nos parece muy feo es ese montón de banquetas y calles rotas, pero suponemos que pronto las van a arreglar.
-          ¿Les gustó entonces Colima para volver?
-          ¡Claro que sí! Y para la siguiente vez no sólo vamos a venir por un día, porque ahora realmente nos hospedamos en la playa y vinimos nada más una tarde a conocer. Para la otra vez, ojalá que sea en diciembre, nos vamos a hospedar siquiera una noche aquí, para ver cómo es Colima de mañana y noche.
-          Y, díganos, ¿quién es usted, que tantas preguntas nos hizo?
-          Soy un simple curioso, enamorado también de esta ciudad.
-          Pues ¡cuídela, don Curioso! Y dígale a sus paisanos que la cuiden y aprendan a valorar lo que tienen.
Y yo les prometí: “Sí, lo vamos a hacer”.

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