lunes, 17 de septiembre de 2012

El Grito narrado por Hidalgo


Domingo 16 de septiembre de 2012.

Abelardo Ahumada

01 Ruinas de la casa donde nació Hidalgo y capilla de la ex hacienda de Corralejo.

La ceremonia de El Grito, que se efectúa (y celebra) cada noche del 15 de septiembre en prácticamente todas las cabeceras municipales de todo el país, es una de las más grandes erratas que los historiadores oficialistas lograron establecer en la conciencia del pueblo como una verdad, cuando lo cierto fue que, como muchos mexicanos saben, El Grito no se realizó la noche del 15 de septiembre, sino durante la madrugada del 16, tal y como el mismo cura Hidalgo lo declaró en el proceso militar (y de degradación religiosa) que se le siguió en Chihuahua, en mayo de 1811.

Así, pues, considerando que el 16 de septiembre de 1810 también fue un domingo como  hoy, quiero aprovechar este espacio periodístico para reivindicar esa verdad, tomando en cuenta también que el cura Hidalgo fue párroco de Colima, durante casi diez meses de 1792.

02 Iglesia de San Felipe, Colima, donde Hidalgo fue párroco en 1792. Cortesía de Caco Ceballos (Q. p. d.).

El primer documento que transcribiré para ustedes (y que fue, probablemente el que hizo caer a muchos en el error señalado), es una interesante carta redactada por el prócer en Celaya, el 21 de septiembre de 1810, dirigida al Intendente de Guanajuato, don José Antonio Riaño. Carta en la que Hidalgo le explica un poco, lo intima para rendir la plaza, y aparece firmando como Capitán General:
“Sabe usted ya el movimiento que ha tenido lugar en el pueblo de Dolores la noche del 15 del presente. Su principio ejecutado con el número insignificante de 15 hombres, ha aumentado prodigiosamente en tan pocos días, que me encuentro actualmente rodeado de más de cuatro mil hombres que me han proclamado su capitán general. Yo a la cabeza de este número y siguiendo su voluntad, deseamos ser independientes de España y gobernarnos por nosotros mismos”. [1]

Más claro ni el agua.

03 Éste fue, según descripciones de personas que lo conocieron, el retrato que más se parecía al verdadero aspecto del cura “Padre de la Patria”.

El segundo documento es, sin embargo, su “primera declaración”, firmada el 7 de mayo de 1811, durante el proceso ya comentado. Declaración que, con el propósito de facilitar su comprensión, y habiéndola tenido todo el tiempo frente a mí, al estar redactando estos renglones, me permití transcribir en primera persona del singular, pues en el documento original viene escrito en tercera. Todo esto sin traicionar ni violentar su sentido.

Y expreso esta aclaración para advertir también a los posibles lectores de este escrito que, contra lo que muchos historiadores nos han querido hacer creer, esta “primera declaración” del cura Hidalgo nos brinda, digamos, algunas sorpresas que ellos nos ocultaron, tal vez sin querer, o con aviesa intención. Tal como la de que el padre Hidalgo habría participado en la denominada “conspiración de Querétaro”. Siendo que como él mismo lo llegó a expresar, no sólo se negó a participar en ella, sino que jamás llevó la batuta (o la dirección de las charlas) en dichas reuniones, como se nos ha sugerido y dicho. Habiendo sido, en cambio, su principal promotor, el capitán, don Ignacio Allende, con el que Hidalgo terminó en tan malas relaciones que aquél lo tuvo casi preso y amenazado de muerte.

De conformidad, pues, con los datos contextuales en que se llevó a cabo esa “primera declaración”, los hechos ocurrieron así: estando el padre Hidalgo recluido en un oscuro calabozo de piso, muros y techo de piedra, del hospital de la villa de Chihuahua, y donde también en otras celdas se hallaban presos sus principales compañeros, la mañana del 7 de mayo de 1811 se le mandó sacar y hacer acto de presencia en otra sala mayor, en la que se hallaban don Ángel Abella, juez comisionado para proseguir las diligencias necesarias en el referido juicio y algunos otros clérigos y militares, junto con don Francisco Salcido C., el escribano que puso en letras sus declaraciones.

Allí mismo, y tras de habérsele solicitado hacer un solemne “juramento que hizo tacto péctore et corona” (tocándose el pecho y la cabeza), en el sentido de que diría sólo la verdad, se le conminó a responder todo lo que supiere de cuanto le fuese preguntado. Comenzando por dar sus datos generales.

Luego, cuando le fue preguntado si sabía “la causa de su prisión”, por quién había sido aprehendido, y con qué otros sujetos se hallaba en esos momentos; el juez también lo conminó a decir cuál era el carácter que él y quienes mencionara tenían “entre los insurgentes”, así como su “actual paradero”, y en forma muy particular, el de “los llamados don Ignacio Allende; don José Mariano Ximénez (sic) y don Juan Aldama”. Preguntas a las que él respondió así:

“Aunque no se me ha dicho la causa de mi prisión (recuérdese que  transcribí su declaración en primera persona), supongo que fue por haber tratado de poner en independencia este reino. Fui aprehendido por un [tal] don N. Flores y un cuerpo de tropas que tenía a su disposición en el puesto de Baján, en la provincia de Coahuila, que contaba como con 200 hombres.

[Iban también] don Ignacio Allende, nombrado generalísimo; don José Mariano Ximénez, capitán general; don Juan Aldama, teniente general; don Mariano Abasolo, mariscal de campo; don Francisco Lanzagorta, mariscal de campo; don Manuel Santa María, [ex] gobernador de Monterrey, ahora mariscal [… mi propio hermano], don Mariano Hidalgo, tesorero general del ejército, y muchos oficiales más y todo el ejército que nos quedaba…

Fui capitán general de dicho ejército, por nombramiento que se me dio en Celaya. Pero en Acámbaro se me nombró generalísimo, y se me entregó el mando supremo, “uno y otro [cargos] con tratamiento [primero] de excelencia, que después se convirtió en alteza. Que unos me daban de manera simple y otros serenísima.

Así seguí [siendo llamado] hasta que, siendo perdida la acción de puente de Calderón, en [las proximidades de] Guadalajara, y habiéndome retirado hacia Zacatecas, fui alcanzado en la hacienda de Pabellón, que está entre dicha ciudad y la villa de Aguascalientes, por don Ignacio Allende y algunos otros de su facción. Allende me amenazó [delante de ellos] con que si no renunciaba [yo] a mi cargo, se me quitaría la vida, y así lo hice, verbalmente y sin ninguna otra formalidad. Habiéndome quedado desde esa fecha en el ejército, sin ningún carácter, intervención o manejo, constantemente vigilado por la facción contraria. Por lo que me convencí de que se había dado orden de que me matasen si fuera descubierto intentando separarme del ejército […] Marchando, en consecuencia, más bien como prisionero que por propia voluntad, y suponiendo yo, que el propósito que se tenía con semejante marcha, era el de llegar a los Estados Unidos para conseguir armas; aunque no pude dejar de sospechar que Allende y Ximénez se habían puesto de acuerdo para alzarse con los caudales y dejar frustrados a los que los seguían. Cosa que comencé a sospechar desde que me di cuenta que Allende empezó a deshacerse de la gente en Zacatecas, en vez de incrementar el ejército. Y que ratifiqué en Saltillo cuando, unido ya Ximénez con Allende, yo les comuniqué que la gente se iba desertando, y ellos me respondieron, que no importaba, que no le hacía”.



04 Calabozo del antiguo hospital de Chihuahua en donde estuvo preso Hidalgo, desde principios de abril de 1811, hasta su fusilamiento hasta su fusilamiento, el 30 de julio de ese mismo año. 

Preguntado finalmente, en esa su “primera declaración”, sobre cómo, cuándo y dónde, había iniciado su movimiento, y quiénes habían participado originalmente en éste, el reo Hidalgo respondió:

“El movimiento inició el 16 de septiembre del año pasado, como a las cinco de la mañana, y sus principales [pro]motores fuimos, don Ignacio Allende y yo. Y ocurrió como enseguida declararé:

De un tiempo atrás, había sostenido yo algunas conversaciones con don Ignacio Allende, acerca de la independencia, pero sin ningún otro objeto de mi parte que el puro discurso; pues aun cuando yo estaba persuadido de que la independencia sería útil al reino, jamás pensé entrar en ningún proyecto [con ese fin], a diferencia de don Ignacio, que siempre estaba propenso a hacerlo. Propensión, debo reconocer, sobre la que yo no hice ningún intento para disuadirlo. Aunque también debo agregar que al menos en una ocasión le dije que los autores de semejantes empresas no gozaban el fruto de ellas.

Así se fue pasando el tiempo, hasta que a principios del mes de septiembre, que ya referí, Allende hizo un viaje a Querétaro, desde donde me llamó, por medio de una carta, diciéndome que importaba mucho que me encontrara con él, y fui, presentándome él dos o tres sujetos de poco carácter, que yo no conocía, que se prestaban a sus ideas, y de los que al único cuyo nombre recuerdo, se llamaba Epigmenio.

Ellos decían que tenían como 200 [individuos] de la plebe [dispuestos para pelear]. Por lo que me pareció que aquello no tenía forma, y así se lo hice presente al capitán Allende, pero él me replicó que tenía más gente en las haciendas [más cercanas de San Miguel el Grande]. Pero yo me devolví a mi curato.

A poco allá me volvió a escribir, y yo a responderle que aquello no valía nada, y que no contara conmigo para cosa alguna. Pero insistió desde San Miguel [dándome más detalles] y diciendo cuánta más gente tenía en las haciendas y allá, en Querétaro, y fue entonces cuando finalmente me decidí a participar en el partido de la insurrección.

Comencé a dar algunos pasos en ese sentido, mandando hacer unas 25 lanzas, tanto en el pueblo de Dolores, como en la hacienda de Santa Bárbara, perteneciente a los Gutiérrez, que también sabían de lo que se trataba. Y les encargué a éstos que organizaran gente, y que estuvieran  listos para cuando se les llamara.

También traté el punto con el tambor mayor del batallón de Guanajuato, apellidado Garrido. El que quedó con el compromiso de hablar con la tropa, pero ignoro si habló o no.

05 Iglesia de Dolores, en donde Hidalgo, presionado en buena medida por Allende, se vio obligado a dar inicio a la lucha que culminó con la Independencia de la Nueva España.

“[El caso fue, sin embargo, que] tres o cuatro días antes del 16 [de septiembre], tuve noticia vaga de que Allende había sido delatado; por lo que lo llamé a Dolores para ver lo que él resolvía, pero nada resolvimos ni él ni yo en la noche del 14 que llegó a mi casa, ni en todo el día 15 que se mantuvo allí. Hasta que a las dos de la mañana del 16 vino don Juan Aldama a decirnos que en Querétaro habían prendido a nuestros confidentes, en cuya vista, en el mismo acto decidimos los tres dar el grito, llamando yo mismo a unos diez de mis dependientes, y dando soltura a los presos que había en la cárcel (casi pegada al curato), obligando al carcelero con una pistola a franquear las puertas de ella, y entonces les previne a los unos como a los otros que deberían de ayudarnos a prender a los europeos, lo que se verificó a las cinco de la mañana del mismo día, sin otra novedad que la de unos cintarazos que se le tuvieron que dar a don José Antonio Larrinúa, porque se iba huyendo. [Una vez] puestos en la cárcel los europeos, cerradas las tiendas de unos, dejadas las otras a cargo de los cajeros criollos o de sus familias, se sumaron a nuestro partido [algunos de] los indios y los rancheros que por ser domingo habían ocurrido a misa. Y desde ahí tratamos de encaminarnos a San Miguel el Grande, en persecución de nuestro proyecto”.[2]

La información, si se quiere, es muy escueta, pero suficiente para constatar que fueron “los tres”, Hidalgo, Aldama y Allende quienes decidieron “dar el grito”, Y que éste no consistió en ninguna arenga pública, como nos cuentan, sino en convocar a las poquitas personas (15 dice en la carta) que hasta esos instantes (“como a las cinco de la mañana”) estaban enterados, allí en Dolores, de lo que se pretendía.

También informó el padre que lo primero que hicieron al reunirse, fue ir a sacar a los presos de la cárcel vecina (y que, tras de haberlos invitado a sumarse), los envió a ellos y a diez de sus dependientes a capturar a los europeos que habitaban en el pueblo. Habiendo sido hasta poco después cuando algunos los indígenas y los rancheros que habían ido a oír la primera misa “por ser domingo”, igual que ahora, se le unieron, antes de dar el paso siguiente.

Complementando lo que declaró en la mañana del 17 de mayo de 1811, esa misma tarde Hidalgo brindó su “segunda declaración”, y al referirse al dato, el escribano Salcido anotó:

“[El reo] dijo que antes de dar el grito no pasó nada más de lo que tiene declarado,  que su inclinación a la independencia fue lo que lo obligó a decidirse con tanta ligereza, o llámese frenesí; [y] que la precipitación del suceso de Querétaro no les dio lugar a tomar las medidas que pudieran convenir a su intento, y que después ya no las consideraron necesarias, mediante la facilidad con que los pueblos los seguían, [por lo que] así no tuvieron más que enviar comisionados por todas partes, los cuales hacían prosélitos a militares por donde quiera que iban”.[3]

Tocante a las clases sociales que participaron originalmente en el movimiento, en la Proclama Insurgente, redactada o dictada por el propio Hidalgo, en Salamanca, el 23 de septiembre, precisa:

“Nos resolvimos los criollos a dar principio a nuestra sagrada redención, pero bajo los términos más humanos y equitativos […] Nuestra causa es santísima, y por eso estamos todos prontos a dar nuestras vidas. ¡Viva nuestra santa fe católica, viva nuestro amado soberano, el señor don Fernando Séptimo, y vivan nuestros derechos, que Dios [y] la naturaleza nos han dado”.[4]

Habiendo sido hasta poco más o menos un mes, cuando el cura, viendo cómo se le iba sumando esa “plebe” de la que habló en su declaración inicial, y la conveniencia de seguir teniéndola de su lado, decidió, entre otras interesantes cosas, ordenar a don José María Anzorena, “alcalde de primer voto” en Valladolid, que proclamara en su territorio la abolición de la esclavitud. Proclama que Anzorena, dando “puntual cumplimiento a las [muy] sabias y piadosas disposiciones del excelentísimo señor capitán general de la [nueva] nación americana” (sic), publicó el 19 de octubre inmediato. Abolición que el propio Hidalgo ratificó y amplió en Guadalajara, el 29 de noviembre siguiente.

Y como ya desde entonces existía la duda de si el padre Hidalgo había cometido un sacrilegio al oficiar la misa a la que se refirió, la mañana del 9 de mayo, fue cuestionado al respecto por el juez, pero el cura le precisó que ni antes ni durante “la insurrección había predicado en los púlpitos o ejercitado el confesionario [ni…] celebrado el santo oficio de la misa”, porque, dadas las nuevas circunstancias en las que se hallaba, se consideraba “inhábil para el ejercicio de toda función eclesiástica”.[5] No obstante lo cual sí admitió haber tenido “la ocurrencia de tomar en Atotonilco la imagen de Guadalupe, la [que] aprovechó por parecerle a propósito para atraerse las gentes”.[6]

Declaraciones que utilizo hoy para demostrar que contra todo lo que se ha dicho al respecto del grito, no hay ninguna otra mejor versión que la que nos dejó referida, incluso sin querer, uno de los tres protagonistas del mismo.



[1] Herrejón Peredo, Carlos, Hidalgo, razones de la insurgencia y biografía documental, SEP, 1987, p. 207.
[2] Ibídem, p. 300-302.
[3] Ibíd., p. 303.
[4] Ib., p. 210.
[5] Ib., p. 308.
[6] Ib., p. 310.

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