lunes, 15 de octubre de 2012

Nuevas revelaciones de La Campana


14 de octubre de 2012.

Abelardo Ahumada

Hace quince días, y por la intermediación del médico José Salazar Aviña, la Doctora en Arqueología Ana María Jarquín Pacheco, principal responsable de las investigaciones que desde 1994 se han hecho en el Centro Ceremonial de La Campana, invitó a un grupo de ciudadanos colimenses para mostrarles algunos de los interesantes y reveladores avances de sus exploraciones en el sitio. Previa aclaración por parte del médico (muy aficionado a este tipo de temas), de que hasta la fecha se han liberado de maleza y escombros seis hectáreas completas, en las que se pueden advertir no sólo las primeras pirámides escalonadas que desde 1995 se dieron a conocer, sino algunos otros edificios más grandes, plazas y hasta un perfectamente delineado “juego de pelota”.
Con esos datos previos revivió nuestra curiosidad por conocer esos avances y, aceptamos la invitación. Encontrándome con la novedad de que, entre los asistentes, estaba también Julio Martínez de la Rosa, quien como este redactor colabora en Diario de Colima.

01 “Desde que conocí La Campana me atrapó. Ésta debe ser un orgullo para los colimenses”. Ana María Jarquín, exploradora.
 
  La doctora Jarquín fue muy amable y nos recibió el sábado, hace ocho días, a las 8 de la mañana, vestida con ropa de trabajo y cubierta con su sombrero, mostrando una enorme disposición a dialogar y comentar los detalles de lo que hasta este momento han podido vislumbrar del pasado colimote, en este maravilloso e impresionante espacio arqueológico.

Como me resultaría imposible exponer en este espacio todo lo que se nos comentó y respondió durante las tres horas y media que duró nuestra visita, resumiré las notas más importantes, pero no sin advertir a nuestros lectores que si no han visto aún La Campana, deben  ir a conocerla, o que si ya fueron alguna ocasión, deben regresar para que se asombren con todas las partes “nuevas” que las últimas exploraciones han venido mostrando:  Edificios múltiples, notablemente bien hechos, que nos evidencian con sus calles de tierra, fachadas y escalinatas de piedra la existencia de una gran ciudad, de una urbe perfectamente organizada y muy moderna para su tiempo. Tanto que hubo hasta drenaje en ella. Característica de la que no se hubiesen podido jactar los pobladores de la mayoría ciudades prehispánicas.

Según los estudios y dataciones que se han podido efectuar en las diferentes capas de construcción que se hallan en este precioso sitio arqueológico (desconocido casi totalmente hace apenas 20 años), resulta que allí hubo una ocupación poblacional, primero como pueblo, y después como ciudad, que abarcaría, poco más o menos, desde unos 350 años antes de Cristo, hasta un poco antes de la llegada de los españoles, aunque en sus fases más antiguas (cuando todavía no era un pueblo formado), se han podido localizar vestigios que datan de aproximadamente unos 1,200 años antes de Cristo. Época en la que se estaba gestando en Colima un período cultural que los arqueólogos del Occidente de México han dado en llamar “fase Capacha”.

Evidentemente emocionada la arqueóloga, nos comentó que ella y su esposo, Enrique Martínez Vargas, de la misma profesión y títulos, llegaron aquí, en 1993, por una denuncia telefónica hecha ante el Dr. Alejandro Martínez Muriel, ahora ya fallecido, pero que entonces era un alto funcionario del Instituto Nacional de Antropología e Historia, “por una persona mayor, del sexo femenino, que no quiso dar su nombre, Y su denuncia iba  en el sentido de que tras de haberse iniciado la construcción de un centro comercial moderno al norte de Villa de Álvarez, Col., se procedió a meter maquinaria en un predio aledaño, con el propósito de abrir las calles y las avenidas de lo que pretendía ser un fraccionamiento de lujo; pudiéndose observar, a simple vista, que se estaban destruyendo, rápidamente, algunas estructuras prehispánicas grandes… No sé si fue el tono con que le habló esta señora al doctor Martínez, o si éste ya hubiese tenido alguna noticia posible de la magnitud del sitio, pero el hecho fue se motivó para enviarnos a mi marido y a mí a constatar la destrucción de que se hablaba”.
-          ¿Supo después quién era esa señora?
-          No, pero suponemos que debió de haber sido de Colima o Villa de Álvarez, porque cuando habló con el doctor le dijo que desde niña venía a jugar con sus hermanos aquí, y que frecuentemente se hallaba monitos de barro.
-          Llegaron, pues, y ¿luego?
-          Pues nada que La Campana me atrapó desde que la vi.
-          Pero ¿cómo, si estaba todo esto cubierto de maleza y escombros?
-          Pues porque yo ya tenía más de veinte años de experiencia en otras exploraciones y excavaciones, y el ojo entrenado para detectar algunos elementos que pudiesen pasar desapercibidos a la mayoría de las personas… Inmediatamente procedimos a detener las obras que estaba desarrollando la inmobiliaria. Lamentablemente ya no pudimos evitar que se construyera el centro comercial, pero lo demás se paró, no obstante que había aquí intereses muy fuertes, dado que el fraccionamiento incluso iba a contar con campo de golf y cosas así. Se iba a llamar, creo, Esmeralda o Diamante.
-          Los dueños nos demandaron. Se inició un litigio en nuestra contra, pero contra todo ello el INAH nos apoyó. Me preguntaron que si quería venirme a trabajar acá, les dije que sí. “Preséntanos, entonces, un proyecto” – me dijeron-. Se los presenté. “Ve y habla con el gobernador (Lic. Carlos de la Madrid), explícale”. Lo hice, y también con el rector de la Universidad de Colima, entonces Fernando Moreno Peña. Conversé con ambos. Conté con su apoyo también, e iniciamos las primeras exploraciones con recursos aportados por las tres instancias… La Campana se comenzó a revelar y, yo, como quien dice, a tener un diálogo con los edificios y las estructuras que poco a poco hemos ido desenterrando. Ha sido asombroso lo que nos encontramos. Es algo de lo que deben estar orgullosos los colimenses. Algo que deben esforzarse por preservar, porque los litigios siguen, y porque el espacio que hasta la fecha tenemos explorado superficialmente no sólo abarca estas seis hectáreas que llevamos trabajadas, sino que alcanzaría ciento treinta y ocho.
-          Después de estar, como usted dice, ya casi veinte años dialogando con estas piedras y estos edificios, ¿qué conclusiones ha podido sacar?
02 En primer plano la antigua Almolonia, al fondo las torres del templo parroquial de Villa de Álvarez.
-          Que aquí fue la ciudad prehispánica más grande del Occidente de México, y que muy posible se llamó Almoloyan.
-          ¿La ciudad más grande? ¿Almoloyan?
-          Sí, la más grande. Al menos mientras no se localice otra con mayores dimensiones. Porque tenemos conocimiento de que esta ciudad prehispánica abarcó no sólo estas 138 hectáreas que les comento, sino muchas más que llegaban hasta donde poco más o menos hoy está el templo de San Francisco, que fue construido sobre un basamento prehispánico. Y porque al cotejar todo esto con algunos documentos del siglo XVI se habla de un antiguo pueblo que se llamaba Almoloyan, o Almolonia, cuya etimología, de origen nahua, quiere decir, “lugar situado entre agua que corre”. Dato que a nosotros nos parece muy evidente, o muy coincidente, al estar situado este centro ceremonial entre el arroyo de Pereira y el río Colima… Un sitio geográficamente perfecto en el que, por las lluvias y por el riego se podían producir hasta dos cosechas de maíz al año.

03 La monumentalidad del sitio se hace más perceptible al compararla con la talla humana.

Hasta antes de que se descubriera lo que ya llevamos estudiado, El Chanal fue considerado como la ciudad más grande del Occidente, pero ahora es claro que fue más grande ésta, que operó como una capital regional y que fue anterior a El Chanal… Los hallazgos nos permiten conjeturar que Almoloyan, La Campana, o como se le prefiera decir, representa un algo que fue netamente colimote, mientras que El Chanal es otra cosa, pues cuenta con muchos elementos típicamente michoacanos, y comenzó a desarrollarse casi inmediatamente después a la primera de las grandes invasiones purépechas que se dieron sobre esta región, muy probablemente en el siglo VII después de Cristo… Yo creo que la gente de Almoloyan comerciaba con la de Teotihuacán, en el momento en que esta ciudad alcanzó su mayor esplendor, y era la metrópoli que reclamaba el mayor número de productos y satisfactores de todas cuantas regiones productivas había entonces en Mesoamérica. Pero también advierto en este sitio que cuando Teotihuacán finalmente cayó, ese declive impactó también a los pobladores de Almoloyan, que de repente ya no tuvieron a quiénes venderles sus excedentes… Y luego, también, al desaparecer la predominancia teotihuacana, comenzaron a generarse otros centros de poder y de dominio, como fue el caso de los purépecha, que se expandieron incluso hasta acá, y que desdeñando una parte de lo colimote, pero utilizando otra, prefirieron edificar su propia urbe en El Chanal, obligando a los ya conquistados de Almoloyan, a despoblar su sitio y a trasladarse al nuevo. Aunque no quiero decir que ese proceso de despoblamiento se haya dado en días o semanas, sino durante un lapso mucho mayor, en la medida de que una población dominante iba creciendo en demérito de la otra.
04 Este tramo de muro fue destapado apenas la semana anterior. ¿Cuántos siglos permaneció oculto a los ojos humanos?

Mientras que la doctora nos había estado comentando todo esto, mi mirada estuvo vagando por los basamentos y los túmulos piramidales, bajo los que igualmente se han localizado varias tumbas de tiro, y mis oídos escuchando en las cercanías los trinos de numerosos pajaritos que disfrutan de la mañana fresca, y los sonidos amortiguados por la distancia de los automotores que avanzaban sobre la avenida María Ahumada de Gómez.

Y sumergido en una especie de momentáneo trance, de repente me vi observando al gentío que debió algún día de llenar el antiguo tianguis de Almolonia, y presencié, desde algún sitio de la plaza, encaramado en una de las plataformas de edificio cercano al adoratorio, los sacrificios humanos que realizaban los sacerdotes, provistos de sus infaltables cuchillos de obsidiana y pedernal ofrecían a Xiuhtecuhtli, su venerado “Dios del Fuego”, muy presente para ellos en la majestad rocosa  del volcán humeante. “Titán. Gemelo de granito”, dijera el profesor Torres Quintero, al que con toda seguridad los sacerdotes de Almolonia tomaron como modelo para edificar la “estructura número 2”, de La Campana. Estructura que, como explicó la doctora Jarquín, “no es cualquier cosa, porque si se fijan bien, está cimentada sobre tres estructuras previas, escalonadas”.
05 Replicando de alguna manera el trabajo de los constructores pretéritos, estos trabajadores de hoy dan, al rescatar esos muros, nueva vigencia al pasado.

La charla continuó durante la visita guiada. Fuimos lenta y admirativamente caminando por la zona que no ha sido abierta aún al público. Observamos a los trabajadores manuales calentando sus respectivos bastimentos bajo las sombras de una guásima y un guamúchil, acompañados por una perra completamente negra y tres de sus críos del mismo, intenso color. Espacio en donde volví a imaginarme, a mujeres semidesnudas, arrodilladas frente a sus metates, bajo la sombra también de otros árboles ya desaparecidos, moliendo su nixtamal; y a un grupo de grupo de chiquillos encuerados que, acompañados por algunos xoloitzcuintles, se iban a bañar al río.
06 La tarea es ardua, lenta, pesada y cara. Después de desmontar viene el retiro cuidadoso de la tierra, la revisión de los escombros y su consolidación final.

Asombra, en esta parte de La Campana, la monumentalidad de las edificaciones. Se me dificulta enormemente creer que haya existido toda una ciudad en lo que antes vi como un simple potrero. Un potrero al que llegué a ir muchas veces, de niño, con mis amigos, primos y hermanos a recolectar huicilacates, a cortar guamúchiles, o a matar lagartijos, iguanas y torcacitas con resortera y chispeta, sin sospechar jamás que bajo aquellas lomas por donde caminábamos e íbamos “a la tirada”, estuviesen, ocultos por la maleza y el polvo acumulado en siglos, todos estos notables edificios que el trabajo paciente de la doctora Jarquín y su equipo de colaboradores manuales han vuelto a sacar a la luz, para que nos revelen, por una parte, la historia desconocida de nuestros antepasados, y nos adviertan, por otra, que si no cuidamos nuestro entorno, a nosotros también nos ocurrirá lo que les sucedió a ellos, que fueron barridos de la Tierra como un soplo de los dioses, o sepultados por el polvo del olvido.











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