14 de octubre de 2012.
Abelardo Ahumada
Hace quince días, y por la
intermediación del médico José Salazar Aviña, la Doctora en Arqueología Ana
María Jarquín Pacheco, principal responsable de las investigaciones que desde
1994 se han hecho en el Centro Ceremonial de La Campana, invitó a un grupo de
ciudadanos colimenses para mostrarles algunos de los interesantes y reveladores
avances de sus exploraciones en el sitio. Previa aclaración por parte del
médico (muy aficionado a este tipo de temas), de que hasta la fecha se han
liberado de maleza y escombros seis hectáreas completas, en las que se pueden
advertir no sólo las primeras pirámides escalonadas que desde 1995 se dieron a
conocer, sino algunos otros edificios más grandes, plazas y hasta un
perfectamente delineado “juego de pelota”.
Con esos datos previos revivió
nuestra curiosidad por conocer esos avances y, aceptamos la invitación.
Encontrándome con la novedad de que, entre los asistentes, estaba también Julio
Martínez de la Rosa, quien como este redactor colabora en Diario de Colima.
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01 “Desde que conocí La Campana me atrapó. Ésta debe ser un orgullo para los colimenses”. Ana María Jarquín, exploradora. |
La doctora Jarquín fue muy amable y nos
recibió el sábado, hace ocho días, a las 8 de la mañana, vestida con ropa de
trabajo y cubierta con su sombrero, mostrando una enorme disposición a dialogar
y comentar los detalles de lo que hasta este momento han podido vislumbrar del
pasado colimote, en este maravilloso e impresionante espacio arqueológico.
Como me resultaría imposible exponer
en este espacio todo lo que se nos comentó y respondió durante las tres horas y
media que duró nuestra visita, resumiré las notas más importantes, pero no sin
advertir a nuestros lectores que si no han visto aún La Campana, deben ir a conocerla, o que si ya fueron alguna
ocasión, deben regresar para que se asombren con todas las partes “nuevas” que
las últimas exploraciones han venido mostrando: Edificios múltiples, notablemente bien hechos,
que nos evidencian con sus calles de tierra, fachadas y escalinatas de piedra
la existencia de una gran ciudad, de una urbe perfectamente organizada y muy
moderna para su tiempo. Tanto que hubo hasta drenaje en ella. Característica de
la que no se hubiesen podido jactar los pobladores de la mayoría ciudades prehispánicas.
Según los estudios y dataciones
que se han podido efectuar en las diferentes capas de construcción que se
hallan en este precioso sitio arqueológico (desconocido casi totalmente hace
apenas 20 años), resulta que allí hubo una ocupación poblacional, primero como
pueblo, y después como ciudad, que abarcaría, poco más o menos, desde unos 350
años antes de Cristo, hasta un poco antes de la llegada de los españoles,
aunque en sus fases más antiguas (cuando todavía no era un pueblo formado), se
han podido localizar vestigios que datan de aproximadamente unos 1,200 años
antes de Cristo. Época en la que se estaba gestando en Colima un período
cultural que los arqueólogos del Occidente de México han dado en llamar “fase
Capacha”.
Evidentemente emocionada la
arqueóloga, nos comentó que ella y su esposo, Enrique Martínez Vargas, de la
misma profesión y títulos, llegaron aquí, en 1993, por una denuncia telefónica hecha
ante el Dr. Alejandro Martínez Muriel, ahora ya fallecido, pero que entonces
era un alto funcionario del Instituto Nacional de Antropología e Historia, “por
una persona mayor, del sexo femenino, que no quiso dar su nombre, Y su denuncia
iba en el sentido de que tras de haberse
iniciado la construcción de un centro comercial moderno al norte de Villa de
Álvarez, Col., se procedió a meter maquinaria en un predio aledaño, con el
propósito de abrir las calles y las avenidas de lo que pretendía ser un
fraccionamiento de lujo; pudiéndose observar, a simple vista, que se estaban destruyendo,
rápidamente, algunas estructuras prehispánicas grandes… No sé si fue el tono con
que le habló esta señora al doctor Martínez, o si éste ya hubiese tenido alguna
noticia posible de la magnitud del sitio, pero el hecho fue se motivó para
enviarnos a mi marido y a mí a constatar la destrucción de que se hablaba”.
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¿Supo después quién era esa señora?
-
No, pero suponemos que debió de haber sido de
Colima o Villa de Álvarez, porque cuando habló con el doctor le dijo que desde
niña venía a jugar con sus hermanos aquí, y que frecuentemente se hallaba monitos de barro.
-
Llegaron, pues, y ¿luego?
-
Pues nada que La Campana me atrapó desde que la
vi.
-
Pero ¿cómo, si estaba todo esto cubierto de
maleza y escombros?
-
Pues porque yo ya tenía más de veinte años de experiencia
en otras exploraciones y excavaciones, y el ojo entrenado para detectar algunos
elementos que pudiesen pasar desapercibidos a la mayoría de las personas…
Inmediatamente procedimos a detener las obras que estaba desarrollando la
inmobiliaria. Lamentablemente ya no pudimos evitar que se construyera el centro
comercial, pero lo demás se paró, no obstante que había aquí intereses muy
fuertes, dado que el fraccionamiento incluso iba a contar con campo de golf y
cosas así. Se iba a llamar, creo, Esmeralda o Diamante.
-
Los dueños nos demandaron. Se inició un litigio
en nuestra contra, pero contra todo ello el INAH nos apoyó. Me preguntaron que
si quería venirme a trabajar acá, les dije que sí. “Preséntanos, entonces, un
proyecto” – me dijeron-. Se los presenté. “Ve y habla con el gobernador (Lic.
Carlos de la Madrid), explícale”. Lo hice, y también con el rector de la
Universidad de Colima, entonces Fernando Moreno Peña. Conversé con ambos. Conté
con su apoyo también, e iniciamos las primeras exploraciones con recursos
aportados por las tres instancias… La Campana se comenzó a revelar y, yo, como
quien dice, a tener un diálogo con los edificios y las estructuras que poco a
poco hemos ido desenterrando. Ha sido asombroso lo que nos encontramos. Es algo
de lo que deben estar orgullosos los colimenses. Algo que deben esforzarse por
preservar, porque los litigios siguen, y porque el espacio que hasta la fecha
tenemos explorado superficialmente no sólo abarca estas seis hectáreas que
llevamos trabajadas, sino que alcanzaría ciento treinta y ocho.
-
Después de estar, como usted dice, ya casi
veinte años dialogando con estas piedras y estos edificios, ¿qué conclusiones
ha podido sacar?
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02 En primer plano la antigua
Almolonia, al fondo las torres del templo parroquial de Villa de Álvarez.
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Que aquí fue la ciudad prehispánica más grande
del Occidente de México, y que muy posible se llamó Almoloyan.
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¿La ciudad más grande? ¿Almoloyan?
-
Sí, la más grande. Al menos mientras no se
localice otra con mayores dimensiones. Porque tenemos conocimiento de que esta
ciudad prehispánica abarcó no sólo estas 138 hectáreas que les comento, sino
muchas más que llegaban hasta donde poco más o menos hoy está el templo de San
Francisco, que fue construido sobre un basamento prehispánico. Y porque al
cotejar todo esto con algunos documentos del siglo XVI se habla de un antiguo
pueblo que se llamaba Almoloyan, o Almolonia, cuya etimología, de origen nahua,
quiere decir, “lugar situado entre agua que corre”. Dato que a nosotros nos
parece muy evidente, o muy coincidente, al estar situado este centro ceremonial
entre el arroyo de Pereira y el río Colima… Un sitio geográficamente perfecto
en el que, por las lluvias y por el riego se podían producir hasta dos cosechas
de maíz al año.
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03 La monumentalidad del sitio se hace más perceptible al compararla con la talla humana. |
Hasta antes de que se descubriera
lo que ya llevamos estudiado, El Chanal fue considerado como la ciudad más
grande del Occidente, pero ahora es claro que fue más grande ésta, que operó
como una capital regional y que fue anterior a El Chanal… Los hallazgos nos
permiten conjeturar que Almoloyan, La Campana, o como se le prefiera decir,
representa un algo que fue netamente colimote, mientras que El Chanal es otra
cosa, pues cuenta con muchos elementos típicamente michoacanos, y comenzó a
desarrollarse casi inmediatamente después a la primera de las grandes
invasiones purépechas que se dieron sobre esta región, muy probablemente en el
siglo VII después de Cristo… Yo creo que la gente de Almoloyan comerciaba con
la de Teotihuacán, en el momento en que esta ciudad alcanzó su mayor esplendor,
y era la metrópoli que reclamaba el mayor número de productos y satisfactores
de todas cuantas regiones productivas había entonces en Mesoamérica. Pero
también advierto en este sitio que cuando Teotihuacán finalmente cayó, ese
declive impactó también a los pobladores de Almoloyan, que de repente ya no
tuvieron a quiénes venderles sus excedentes… Y luego, también, al desaparecer
la predominancia teotihuacana, comenzaron a generarse otros centros de poder y
de dominio, como fue el caso de los purépecha, que se expandieron incluso hasta
acá, y que desdeñando una parte de lo colimote, pero utilizando otra, prefirieron
edificar su propia urbe en El Chanal, obligando a los ya conquistados de
Almoloyan, a despoblar su sitio y a trasladarse al nuevo. Aunque no quiero
decir que ese proceso de despoblamiento se haya dado en días o semanas, sino
durante un lapso mucho mayor, en la medida de que una población dominante iba
creciendo en demérito de la otra.
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04 Este tramo de muro fue destapado apenas la semana anterior. ¿Cuántos siglos permaneció oculto a los ojos humanos? |
Mientras que la doctora nos había
estado comentando todo esto, mi mirada estuvo vagando por los basamentos y los
túmulos piramidales, bajo los que igualmente se han localizado varias tumbas de
tiro, y mis oídos escuchando en las cercanías los trinos de numerosos pajaritos
que disfrutan de la mañana fresca, y los sonidos amortiguados por la distancia
de los automotores que avanzaban sobre la avenida María Ahumada de Gómez.
Y sumergido en una especie de
momentáneo trance, de repente me vi observando al gentío que debió algún día de
llenar el antiguo tianguis de Almolonia, y presencié, desde algún sitio de la
plaza, encaramado en una de las plataformas de edificio cercano al adoratorio,
los sacrificios humanos que realizaban los sacerdotes, provistos de sus
infaltables cuchillos de obsidiana y pedernal ofrecían a Xiuhtecuhtli, su
venerado “Dios del Fuego”, muy presente para ellos en la majestad rocosa del volcán humeante. “Titán. Gemelo de
granito”, dijera el profesor Torres Quintero, al que con toda seguridad los
sacerdotes de Almolonia tomaron como modelo para edificar la “estructura número
2”, de La Campana. Estructura que, como explicó la doctora Jarquín, “no es
cualquier cosa, porque si se fijan bien, está cimentada sobre tres estructuras
previas, escalonadas”.
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05 Replicando de alguna manera el trabajo de los constructores pretéritos, estos trabajadores de hoy dan, al rescatar esos muros, nueva vigencia al pasado. |
La charla continuó durante la
visita guiada. Fuimos lenta y admirativamente caminando por la zona que no ha
sido abierta aún al público. Observamos a los trabajadores manuales calentando
sus respectivos bastimentos bajo las sombras de una guásima y un guamúchil,
acompañados por una perra completamente negra y tres de sus críos del mismo,
intenso color. Espacio en donde volví a imaginarme, a mujeres semidesnudas,
arrodilladas frente a sus metates, bajo la sombra también de otros árboles ya
desaparecidos, moliendo su nixtamal; y a un grupo de grupo de chiquillos
encuerados que, acompañados por algunos xoloitzcuintles,
se iban a bañar al río.
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06 La tarea es ardua, lenta, pesada y cara. Después de desmontar viene el retiro cuidadoso de la tierra, la revisión de los escombros y su consolidación final. |
Asombra, en esta parte de La
Campana, la monumentalidad de las edificaciones. Se me dificulta enormemente creer
que haya existido toda una ciudad en lo que antes vi como un simple potrero. Un
potrero al que llegué a ir muchas veces, de niño, con mis amigos, primos y
hermanos a recolectar huicilacates, a cortar guamúchiles, o a matar lagartijos,
iguanas y torcacitas con resortera y chispeta, sin sospechar jamás que bajo aquellas
lomas por donde caminábamos e íbamos “a la tirada”, estuviesen, ocultos por la
maleza y el polvo acumulado en siglos, todos estos notables edificios que el
trabajo paciente de la doctora Jarquín y su equipo de colaboradores manuales han
vuelto a sacar a la luz, para que nos revelen, por una parte, la historia
desconocida de nuestros antepasados, y nos adviertan, por otra, que si no
cuidamos nuestro entorno, a nosotros también nos ocurrirá lo que les sucedió a
ellos, que fueron barridos de la Tierra como un soplo de los dioses, o
sepultados por el polvo del olvido.





